Irán no necesitó una bomba atómica: le bastó con cerrar el grifo del mundo
En octubre de 1973, durante la primera gran crisis del petróleo, las gasolineras de Estados Unidos tuvieron que colgar carteles de “Sorry, last car in this line” para cortar colas interminables y racionar combustible. Medio siglo después, la escena sigue explicando el mundo mejor que muchos discursos oficiales. Cuando la energía se atasca, las grandes potencias dejan de hablar de principios y empiezan a contar barriles.
Donald Trump ha vendido durante más de 100 días la guerra contra Irán como una operación inevitable para impedir que Teherán cruzara la línea nuclear. Rendición incondicional. Desmantelamiento del programa atómico. Máxima presión militar. El repertorio habitual. Mucha épica de despacho, mucho gesto imperial, mucha testosterona televisada. Pero el acuerdo cerrado ahora con los iraníes deja al descubierto una verdad bastante menos heroica: la prioridad real nunca fue la bomba, sino el estrecho de Ormuz.

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